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El instinto de conservación frente al deber de proteger al jefe

08 de febrero de 2018 La escolta no trabaja en una oficina. Vivir o morir, pero dejando vivir a otro.

En la formación de guardaespaldas trabajamos con personas.

Por mucho que las empresas prometan en su publicidad el mejor servicio de seguridad, los escoltas no son robots. Son personas: bien preparadas y con experiencia, pero personas, con sus debilidades y con todo lo que de ahí se deriva.

Y ahí está el conflicto principal, el más importante.

¿Estará ese guardaespaldas concreto dispuesto, en el instante decisivo, a cubrir al cliente con su propio cuerpo?

Se puede decir que es su trabajo, claro. Pero el problema es que el instinto de conservación es uno de los más poderosos del ser humano, mucho más fuerte que cualquier razonamiento sobre el deber o las obligaciones laborales, ideas elevadas que se olvidan por completo en una situación real de peligro.

¿Y qué se le puede oponer a uno de los instintos más fuertes que existen? Aquí nos ayuda Iván Petróvich Pávlov, científico ruso, premio Nobel y autor de una obra enorme en distintos campos, conocido sobre todo por sus experimentos con perros.

Pávlov distinguió dos tipos de reflejos:

  1. uno responde de la conservación del individuo;
  2. el otro, de la conservación de la especie.


Dicho en pocas palabras: el instinto en el que puede apoyarse la formación de un guardaespaldas es el materno.
También es un instinto fuerte, y hay ejemplos de sobra que lo demuestran, tanto en el mundo humano como, sin hipocresías, en el animal.


La palabra «materno» puede entenderse mal, así que conviene aclararlo: el 99 % de los guardaespaldas son hombres. Una mujer que protege a su hijo es capaz de barrer cuanto encuentre por delante. Ahora traslade esa misma reacción a un padre de familia fuerte, entrenado y armado. Está claro que para el agresor la partida termina ahí.

No hablamos de hacer de niñera. Hablamos de la posición en la que el escolta, consciente e inconscientemente, «adopta» al cliente y asume por entero la responsabilidad de su seguridad.

Según los psicólogos, ese instinto, multiplicado por el cansancio de la realidad, es lo que lleva a un hombre a lanzarse sobre una granada para salvar a los suyos.

La pregunta correcta es cómo cultivar esa actitud en el equipo.

Es evidente que se trata de un proceso largo: una relación así no se construye de golpe y, con contratos cortos, sencillamente no se construye.

Otra dificultad añadida puede ser el carácter del cliente. Pero hay que aceptar un hecho: los padres quieren incluso a los hijos más difíciles. El guardaespaldas tiene que asumirlo o marcharse, en lugar de engañar al cliente y crearle una ilusión peligrosa.

La conclusión: los clientes que se toman en serio su seguridad forman el equipo empezando por la lealtad. Y solo después, esas personas ya comprobadas, bien formadas y bien dirigidas, se convierten en guardaespaldas profesionales.

En resumen. ¿Cómo se prepara a un escolta para tener la certeza de que cubrirá al cliente en el instante decisivo?

La cabeza (psicología del guardaespaldas): la actitud de un padre.
El cuerpo: entrenamiento y más entrenamiento. Repetición constante de los movimientos de cobertura. En una situación de estrés solo queda lo que se ha entrenado hasta el automatismo.

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Cinco datos antes de hablar:

1. Impartimos la formación donde el cliente la necesite: los instructores de 360 enseñan en todo el mundo. 2. Nuestras sedes de formación están en Israel y en Tallin (Estonia, UE). 3. El curso consta de tres fases. Cada fase cuesta 2500 € por alumno, con una duración de 8 días. 4. El grupo mínimo es de 5 alumnos. 5. También impartimos formación individual en protección de personalidades, aunque no sale barata: a partir de 8600 €.

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