BLOG 360
Amenaza con granada
Mucha gente da por sentado, sin razón, que una amenaza con granada es irreal en el trabajo de una escolta. Se equivoca. Nuestra práctica y la de nuestros colegas israelíes demuestran que estos casos ocurren, también durante secuestros.
Disparar contra quien amenaza resulta difícil por motivos evidentes: agarra al cliente y se lo lleva sin hacer ruido.
La dificultad principal ante una amenaza con granada es acortar la distancia con el agresor. Acercarse por detrás es, claro está, más cómodo.

Esa posibilidad no siempre existe, y si la amenaza viene de frente el guardaespaldas tiene que trabajar con táctica: hablar, calmarlo, distraerlo, dispersar con cuidado su atención para que otro compañero pueda acercarse.

El objetivo del acercamiento es agarrar con las dos manos, con toda la fuerza posible, la mano que sostiene la granada, de modo que el agresor no pueda abrirla.

En cuanto la mano armada queda fijada, un escolta entrenado destroza la ingle del agresor (si desarma de frente) o la cabeza (si lo hace por detrás), aplica después una palanca de muñeca y lo tumba en el suelo. A continuación, sin soltar ni un segundo el control de la mano armada, le asesta las patadas a la cabeza que hagan falta. Solo cuando el agresor ya no está en condiciones de resistirse empieza el escolta a sacarle la granada.
Sacarla consiste en ir despegándola del puño, cuidando de que no caiga, con el consiguiente y dramático salto de la anilla.
Muchas palabras, pero todo junto se ve así:
Para los escépticos: no fue en Tel Aviv, ni en Johannesburgo, ni en Caracas, que sería lo previsible, sino en San Petersburgo (Rusia), donde un individuo entró con una granada en una sala de vistas.
Para reforzar su postura con un argumento de peso, digamos.
Y, por desgracia, la reforzó.